viernes, 16 de octubre de 2015

El temporal

(Este cuento lo escribí hace unos días, he estado vomitando muchas letras, y a veces es mejor no darle tantas vueltas a las cosas, así como las palabras tienen que salir, todo en algún momento tiene que quedarse afuera para poder observarlo, entenderlo y abrazarlo)


Estaba tan frío que sus extremidades ya no respondían a los estímulos, recordaba los tiempos en que salía a correr con un amigo, salía a recorrer lugares que pensó que nunca conocería.

Se puso su chaqueta, con muy poca habilidad (casi nula), el paso de los años se hacía presente en cada movimiento, ya no era el hombre joven y audaz que solía ser hace unos años, ya estaba viejo, le costaba caminar, la espalda cada vez más encorvada, y cuando tosía (casi siempre), sentía que se le salía el alma por la boca.

Esa noche le pasó algo distinto, algo que lo dejó ligeramente desencajado, era como si alguien le hubiese venido a avisar que el fin ya estaba cerca…su fin. Debía hacer algo, debía detenerlo, él no debía irse, no quería, su esposa se fue, murió hace un par de años atrás, y la experiencia lo dejó tan traumado que el hecho de pensar en la muerte le daba escalofríos.

Decidió que saldría, que iba a tomar un poco de aire fresco. Y  así lo hizo, salió rápido antes de preguntárselo otra vez,  caminó, salió sin el bastón, recorrió algunos parques cercanos, soñó despierto un rato, hasta que se sentía tan cansado que supo que debía volver. Cuando se había decidido a hacerlo comenzó a llover torrencialmente, y no sabía qué hacer, su teléfono se había quedado en la casa por lo apurado que salió, no podía parar un taxi, estaba muy mal ubicado.

 Hasta que dentro de ese caótico momento algo sucedió, algo extraño le había pasado, algo distinto, como si… se volviera a sentir joven, lleno de vida, con los músculos en las piernas que tanto lo caracterizaban en su juventud, y no lo pensó dos veces antes de ponerse a correr, a saltar arriba de los bancos, gritaba, hasta pudo hacer un par de piruetas. Maldijo por no haber llevado una cámara con él, cuando llegara a casa nadie le creería, y hubiese sido una gran historia para el domingo familiar.

Y fue como un lugar, una música, un color, un olor, algo, un todo que le subía por el cuerpo, y se estremeció.

Al domingo familiar el abuelo no llegó, el viernes en el que habían anunciado lluvia murió de un ataque cardíaco, las facciones de su cara delataban paz interior.

Foto tomada en Pupuya (de mis lugares favoritos), un día después de un pequeño temporal.