Hace unos días vagaba por la biblioteca buscando un nuevo libro, pensando en que me había puesto de acuerdo con un sujeto para la entrega de uno, y que por mientras podía buscar otro (por primera vez en mucho tiempo compraría uno), pero finalmente nunca contestó, quizás se arrepintió, lo más probable.
Sin embargo nunca ha pasado por mi mente comprar un libro
nuevo, en primero lugar por el precio (dependiendo de la editorial, autor blablá),
y porque en realidad siento que no tiene
tanto sentido para mí, porque en el fondo leer se trata de fusionar, de fluir,
de compartir.
Me pasa muy seguido haber pedido un libro en la biblioteca y
notar como las hojas están ligeramente dobladas, son como huellas, sé que una persona ya pasó
por ahí, ya se detuvo, ya suspiró e hizo una pausa por el cambio abrupto de la
trama, sufrió o se alegró.
En algunas ocasiones me he topado hasta con mensajes
referentes al libro en unas páginas, casi cómicos, pero esa ha sido mi mayor
suerte con lo referente a este tema. Debo reconocer que me agrada el hecho de
que exista un préstamo, de que otros estén esperando, de compartir, de traspasar,
de transformar, de que lo que para ti resultó ser increíble, para otro fue
terrible.
Un libro nuevo, solamente será llenado de ti, de tus
experiencias, de tu lectura, de tus lágrimas, de tus risas. Pero se estanca, no
se mueve, no fluye, a menos que decidas donarlo, prestarlo, venderlo a un menor
precio, entonces cumple su función.
A pesar de todo esto, todos queremos tener nuestra biblioteca,
de nuestros preferidos, pero para mí sería cuando ya hayan pasado por más
manos, cuando estén llenos, cuando las risas y los llantos los completen,
porque al final todo funciona igual.
Todo libro guarda una experiencia, una vibración, un
recuerdo, todos necesarios para escribir una historia, que a veces está
implícita. Que aplica para nosotros y para el resto, así se escribe también
nuestra historia.
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| Rob Gonsalves |

