lunes, 13 de abril de 2015

Libros usados: Experiencias escritas


Hace unos días vagaba por la biblioteca buscando un nuevo libro, pensando en que me había puesto de  acuerdo con un sujeto para la entrega de uno, y que por mientras podía buscar otro (por primera vez en mucho tiempo compraría uno), pero finalmente nunca contestó, quizás se arrepintió, lo más probable.

Sin embargo nunca ha pasado por mi mente comprar un libro nuevo, en primero lugar por el precio (dependiendo de la editorial, autor blablá),  y porque en realidad siento que no tiene tanto sentido para mí, porque en el fondo leer se trata de fusionar, de fluir, de compartir.

Me pasa muy seguido haber pedido un libro en la biblioteca y notar como las hojas están ligeramente dobladas, son como huellas, sé que una persona ya pasó por ahí, ya se detuvo, ya suspiró e hizo una pausa por el cambio abrupto de la trama, sufrió o se alegró.

En algunas ocasiones me he topado hasta con mensajes referentes al libro en unas páginas, casi cómicos, pero esa ha sido mi mayor suerte con lo referente a este tema. Debo reconocer que me agrada el hecho de que exista un préstamo, de que otros estén esperando, de compartir, de traspasar, de transformar, de que lo que para ti resultó ser increíble, para otro fue terrible.

Un libro nuevo, solamente será llenado de ti, de tus experiencias, de tu lectura, de tus lágrimas, de tus risas. Pero se estanca, no se mueve, no fluye, a menos que decidas donarlo, prestarlo, venderlo a un menor precio, entonces cumple su función.

A pesar de todo esto, todos queremos tener nuestra biblioteca, de nuestros preferidos, pero para mí sería cuando ya hayan pasado por más manos, cuando estén llenos, cuando las risas y los llantos los completen, porque al final todo funciona igual.

Todo libro guarda una experiencia, una vibración, un recuerdo, todos necesarios para escribir una historia, que a veces está implícita. Que aplica para nosotros y para el resto, así se escribe también nuestra historia.


Rob Gonsalves

sábado, 4 de abril de 2015

Voces

Y es como si despertara, me moviera, y de un momento a otro vuelvo a despertar. Estoy en un mundo natural, tres o cuatro pasos flotando del suelo, no puedo tocarlo del todo pero estoy consciente de que está ahí, siempre abajo, siempre listo para detener mi caída, tan sincero, tan fuerte, me dan ganas de arrastrarme por él, de sentirlo, de poder saltarlo. Algo me lo impide, y hace burlas de mí, porque en el fondo sabe que no puedo, y estando tan cerca no puedo sentirlo.

Pasa un tiempo, lo vuelvo a intentar, pero pasa lo mismo, ya me estoy empezando a dar por vencida, porque en el fondo no encuentro otra manera, no sé que más se me puede ocurrir, desde hace un tiempo atrás vine agotando las posibilidades.

Y es como un casi, es como un no sentir, es como estar atrapada con las lágrimas en los ojos pero sin poder dejarlas ir, es un ejemplo malo, pero un ejemplo al fin y al cabo.

Y es que lo he pensado, me cuesta hasta expresarlo, me levanto, me ducho, sigo.

 Sé que no es necesario, sé que podría pararlo si quiero, pero ya se está haciendo cada vez más difuso, más difícil de entender, mas difícil de divisar, de llevar a cabo, y aquí se pone complicado.


Las escucho, se están riendo, se están riendo de mi, cada vez más fuertes, carcajadas, es como si me apuntaran con sus dedos invisibles, con sus ojos sarcásticos, porque en el fondo saben que no les pertenezco, y saben que eso me duele muchísimo, porque a veces quisiera estar ahí, quizás no entrar, pero que me abracen, quizás no sentirlos, pero sentirme escuchada por ellas. Es que se ríen muy fuerte, me desespera, quisiera salir corriendo pero sé que están en todos lados, diciéndome que hacer, cómo y cuándo. A veces se callan, a veces siguen, a veces les digo que me dejen, pero en el fondo no quiero eso, me haría perder la esperanza de que en algún momento me puedan hablar, me puedan abrazar, me puedan escuchar como yo las he escuchado todos estos años, como las he aprendido a querer a pesar de todo.
Fotografía: Tommy Ingberg